El regreso de María Corina Machado a Venezuela sacudió el tablero político del país caribeño y abrió un abanico de preguntas. La líder opositora y Premio Nobel de la Paz volvió el domingo pasado, después de casi diez meses en el exilio y de siete intentos fallidos, y fue recibida por miles de seguidores en distintas ciudades al grito de "¡Libertad!" y "Elecciones ya". Su vuelta era uno de los reclamos centrales de quienes piden una restauración democrática tras la intervención militar de Estados Unidos y la captura de Nicolás Maduro, el 3 de enero.
Los números muestran el peso de su figura. Según el último relevamiento de la encuestadora Meganalisis, si hoy se votara para presidente, el 60,6% de los venezolanos elegiría a Machado, contra apenas un 3,6% que optaría por la presidenta interina de facto, Delcy Rodríguez. El jueves, la dirigente dio una conferencia de prensa a sala llena en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas, algo que muchos venezolanos interpretaron como una señal de cambio. "La fecha de la elección es la fecha de la liberación. Vinimos a terminar la tarea", lanzó.
El contexto es complejo. Machado no forma parte de la mesa de diálogo que negocia con el chavismo, encabezada por Dinorah Figuera y respaldada por Washington, y tampoco mantiene contacto con el gobierno de Rodríguez. Además, sigue inhabilitada para ser candidata. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, sostuvo que su regreso fue fruto de una negociación con Caracas y negó haberlo frenado antes; también confirmó que la presidencia deberá quedar vacante en 2027, una vez que se reformen el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia.
La respuesta del chavismo fue dura. Delcy Rodríguez acusó a la opositora de montar un "show" y pidió "remordimiento" a quienes, según dijo, reclamaron sanciones contra el país. En la misma línea, Diosdado Cabello, secretario general del PSUV, advirtió que quienes vengan "con el juego de la desestabilización se van a estrellar". Horas antes de la conferencia de Machado, Rodríguez había anunciado por cadena nacional que habrá elecciones el año próximo, sin precisar fecha.
Los analistas advierten que el gran riesgo está en las expectativas. El venezolano Mariano de Alba explicó a La Nación que la dirigente deberá presionar por un cronograma electoral para 2027 y conseguir que se levante su inhabilitación en una negociación de la que no participa. Mientras sus seguidores esperan votar en 2027, Figuera habla de fines de ese año o comienzos de 2028. "Si pasan los meses y la mesa produce acuerdos sin ella, podría haber frustración", alertó. Para Miguel Ángel Martínez Meucci, de la Universidad de las Hespérides, los términos actuales son distintos a los que ella había planteado en el Manifiesto de Panamá.
Hay, de todos modos, señales alentadoras. La organización Foro Penal informó que tras las movilizaciones no hubo detenciones arbitrarias ni denuncias de represión, aunque la misión de la ONU advirtió semanas atrás que el aparato represivo sigue intacto y que todavía hay unos 322 presos políticos. "El país hoy es bastante distinto al del 2 de enero", señaló la consultora Carmen Beatriz Fernández. La emoción llegó también a la Argentina: Filemón Muñoz Sirit, un venezolano que trabaja como encargado de edificio en Buenos Aires, contó entre lágrimas que Machado es "la esperanza de renacer de un pueblo noble".
Lo que viene es una pulseada de desgaste. Según los expertos, el gobierno interino intentará ralentizar los tiempos, mientras Machado apostará a la presión de la calle para forzar una fecha electoral. Washington, en el medio, deberá equilibrar su sociedad petrolera con Rodríguez y el respaldo a la dirigente opositora, que cuenta con apoyo en el Congreso norteamericano. Todo esto ocurre a días de las elecciones de medio término en Estados Unidos, un dato que también puede pesar en los próximos movimientos de la Casa Blanca.
Con información de La Nación.
Foto: La Nación.


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