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Adiós al vigía de los rayos gamma: el telescopio Swift de la NASA se desintegró sobre Indonesia tras 22 años en órbita

Después de casi 22 años vigilando las explosiones más violentas del universo, el observatorio Neil Gehrels Swift de la NASA terminó su viaje en la atmósfera terrestre. El satélite reingresó este miércoles sobre la región de Sumatra del Norte, en Indonesia, y puso punto final a una misión que había sido diseñada para durar apenas dos años.

La NASA informó que la Fuerza Espacial de Estados Unidos confirmó la reentrada a las 7.39 de la mañana, hora del Este estadounidense (9.39 en la Argentina). El punto quedó registrado cerca de los 3,4 grados de latitud norte y 98,6 grados de longitud este, sobre el norte de la isla de Sumatra. Esa ubicación corresponde al momento en que la nave atravesó la atmósfera y no a un impacto en tierra: hasta ahora no hubo confirmación de restos en la superficie ni reportes de daños. La noticia generó interés también en la Argentina, que estaba dentro de la amplia franja de latitudes donde, en teoría, podían caer restos, aunque la probabilidad siempre fue considerada mínima por los especialistas.

El aparato pesaba unas 1,4 toneladas y la agencia había anticipado que la mayor parte se desintegraría por el calor y la fricción, aunque algunas piezas más densas podían sobrevivir. Antes del descenso, la NASA había delimitado una franja posible de caída entre los 20,6 grados de latitud norte y sur, que incluía zonas de América Latina, África, Asia y Oceanía. El riesgo de que una persona resultara alcanzada se estimaba en uno entre 2.100: bajo, pero no nulo.

Swift no era un telescopio cualquiera. Lanzado en noviembre de 2004, llevaba tres instrumentos que trabajaban en distintas longitudes de onda para detectar estallidos de rayos gamma, algunas de las explosiones más energéticas que se conocen. Cuando captaba una señal podía girar con rapidez y avisar a otros observatorios para que estudiaran el fenómeno. Así detectó miles de eventos de alta energía y estudió galaxias activas, supernovas, estrellas con llamaradas de rayos X, cometas y asteroides.

Su final no fue sorpresivo. La órbita se fue degradando por el aumento de la resistencia atmosférica, un efecto potenciado por la intensa actividad solar de los últimos años: cuando el Sol está más activo, calienta y expande las capas altas de la atmósfera, y eso frena a los satélites que vuelan bajo. Para la comunidad científica, la despedida deja un vacío, porque Swift funcionaba como una suerte de alarma astronómica para una red global de telescopios terrestres y espaciales. Durante su vida útil, además, se ganó un lugar especial entre los astrónomos, que lo consideraban una herramienta irremplazable para cazar fenómenos que duran apenas segundos y que, sin una reacción inmediata, se pierden para siempre en la inmensidad del cielo nocturno.

La NASA intentó salvarlo. En septiembre de 2025 contrató a la empresa estadounidense Katalyst Space para desarrollar una misión contrarreloj capaz de interceptar al observatorio y elevar su órbita. El plan contemplaba que la nave robótica LINK se acercara, lo sujetara con brazos mecánicos y lo llevara a una altura mayor. El desafío era enorme: había que diseñar, construir y lanzar la misión en menos de un año. El desenlace de este miércoles confirmó que el observatorio no pudo ser salvado.

Lo que queda ahora es el legado científico y una lección para el futuro. Los datos acumulados por Swift seguirán alimentando investigaciones durante años, mientras las agencias espaciales evalúan cómo reemplazar su capacidad de reacción rápida ante fenómenos transitorios. El intento de rescate, además, abrió una puerta: el servicio en órbita de satélites viejos, una tecnología que podría alargar la vida de otros observatorios. Por lo pronto, el cielo perdió a uno de sus vigías más incansables y fieles de las últimas dos décadas.

Con información de Infobae

Foto: Infobae

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