Foto: TN (Revista El Gráfico)
Hace exactamente 50 años, un miércoles caluroso de 1976, el fútbol argentino cambió para siempre. El 20 de octubre, en la vieja cancha de Argentinos Juniors en La Paternal, un chico de rulos con el número 16 en la espalda entró en el segundo tiempo frente a Talleres de Córdoba y, en la primera pelota que tocó, le tiró un caño a su marcador. Se llamaba Diego Armando Maradona, tenía 15 años, 11 meses y 20 días, y se convertía en el jugador más joven en debutar en la Primera División.
El partido, por el Campeonato Nacional, parecía uno más. Talleres llegaba en alza, con figuras como Valencia, Ludueña, Juan Domingo Cabrera y Humberto Bravo, mientras Argentinos venía de salvarse del descenso por poco en el Metropolitano. Los cronistas de la época calcularon entre 7.000 y 8.000 personas en las tribunas. Pasada la media hora, el Hacha Ludueña marcó el 1-0 para los cordobeses, el resultado con el que terminaría la tarde. En el entretiempo, el técnico Juan Carlos Montes decidió que era el momento.
El estreno pudo haber llegado antes. Según recordó Clarín, en 1975 se especuló con que estuviera en el banco ante River, pero esa noche terminó como alcanzapelotas. Más tarde, en un partido de inferiores frente a Vélez, el pibe se fue de boca con el árbitro y le dijo “sos un desastre”: el Tribunal de Disciplina le dio cinco fechas de suspensión, siete según otras versiones, y el salto a Primera se demoró semanas. El martes 19, tras la práctica, Montes le avisó que iría al banco y agregó: “Y prepárese, pibe, porque mañana entra”.
El caño quedó en la historia. Montes le pidió que jugara como sabía y que tirara un caño en la primera pelota que recibiera. En su libro, Maradona contó que recibió de espaldas, amagó y le pasó la pelota entre las piernas a Cabrera, y que enseguida bajó el “ole” de la gente, como una bienvenida. El defensor cordobés, lejos de lamentarlo, contó siempre con orgullo que fue la primera víctima del genio. Los diarios, en cambio, apenas registraron el hecho: La Voz del Interior llegó a escribir mal su apellido, “Maladona”, y El Gráfico le puso un 7.
El hombre que le dejó su lugar habló ahora con TN. Rubén Giacobetti tenía 20 años y aquella tarde jugó de volante por izquierda. En el vestuario, Montes le dijo: “Quedate que va a entrar el pibe”. Admite que no le gustó salir en el entretiempo, pero hoy lo vive como un orgullo. Y reveló un dato poco conocido: Francisco Cornejo, el encargado de las inferiores que lo había descubierto en los Cebollitas, se resistía a subirlo tan pronto porque lo veía muy chico. “Tenían miedo que lo rompan”, contó sobre aquellos días en los que los veteranos se ocupaban de protegerlo.
Para sus compañeros, lo que hacía Diego en las prácticas era inexplicable. Dejaba rivales en el camino cada vez que tocaba la pelota y, al terminar el entrenamiento, no se iba hasta pegarle varias veces seguidas al travesaño. Giacobetti recordó un partido de Tercera ante Unión de Santa Fe en el que el chico dio vuelta el resultado él solo con un córner y un tiro libre. Volvieron a cruzarse en el Mundial de España 1982, y él asegura que Maradona nunca se olvidó de sus orígenes. Después siguió su carrera en La Pampa, Estados Unidos e Italia, y hoy trabaja en el rubro inmobiliario en Villa Urquiza.
Aquella derrota fue apenas el comienzo. A las pocas semanas, Maradona ya era titular indiscutido y, en los años siguientes, fue goleador de cinco torneos locales consecutivos con la camiseta de Argentinos Juniors, antes de seguir su camino en Boca, Barcelona, Napoli y la Selección. Él mismo escribió que esa tarde sintió que tocaba el cielo con las manos porque algo grandioso empezaba en su vida. Cincuenta años después, en el club de La Paternal y en todo el país, el aniversario se vive como el nacimiento de un mito que todavía no tiene final.
Con información de TN y Clarín


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